viernes, 22 de agosto de 2014

Investigando Los Ángeles

Tras cinco meses de estancia investigadora en Estados Unidos, hace poco más de 2 semanas que volví de unas, a mi juicio, merecidas vacaciones en mis queridas y soleadas Islas Canarias. Desde entonces he comenzado a trabajar, calentando motores para la última parte de la tesis, pero de momento está siendo a un ritmo suave y de aclimatación. Las vacaciones en la uni hacen que todo vaya más despacio…

Después de esta experiencia saliendo al extranjero, cruzando el Atlántico y todo Estados Unidos hasta llegar al “Far West”, quería contaros mi punto de vista sobre cómo veo las cosas por allá. Pido disculpas, de antemano, si no es el punto de vista de la gente que me lee o si en algo puedo ofender, pero quisiera que viérais mis sensaciones después de todo.

En primer lugar he de decir que ha sido algo totalmente diferente a lo que estamos acostumbrados en España, e incluso me atrevería a decir en Europa. Pero también eficiente. Digamos que todo aquello: la forma de vivir, la forma de ser, el modo con el que se encaran las situaciones de la vida son diferentes a lo que estamos acostumbrados por estas latitudes. Ahora no podría dar ejemplos concretos. Pienso que hay que estar ahí para poder vivirlo. Pero insisto en que es igualmente válido y  totalmente respetable. Por ello, considero que ha sido una experiencia muy enriquecedora en cuanto a aprender otras maneras de ser y trabajar. Sigo diciendo que como la nuestra no hay ninguna, pero también asumo que quizás es a lo que estoy acostumbrado y, por tanto, puede ser que me decante por lo “fácil”.

La cosa comenzó allá por los albores del pasado curso 2013-2014, cuando comentamos con mis tutores de tesis la posibilidad de realizar una estancia de investigación. “Recomendable”, me dijeron. “Necesaria”, pensé yo. Por varias razones, pero principalmente porque se supone que el conocimiento es universal y porque viene bien que los investigadores, como todo el mundo en general, veamos otras formas de trabajar en otros lugares del mundo. Hay que saber adaptarse a lo que te puede venir en la vida.

Puestos a ello, les dije que no quería que fuera una estancia cualquiera. Por varios motivos que no mencionaré aquí, decidí que quería ir a un grupo de investigación que fuera lo más puntero posible en temas de detección de biomoléculas y que se ubicara en Estados Unidos. Desde la infancia me había llamado la atención el American Way of Life. Series como “Los Vigilantes de la Playa”, “Sensación de Vivir: 90210”, “El Príncipe de Bel-Air”, el paseo de la fama y demás creaciones e imágenes grabadas en mi cabeza desde los años 90 hasta ahora potenciaron al máximo mi imaginación sobre cómo sería vivir en esa parte del mundo.

Realizando una búsqueda bibliográfica sobre los grupos de investigación mundiales punteros en temas de detección óptica/fotónica de fenómenos biológicos, encontré varios en Reino Unido, algún que otro esparcido por Europa y, sobre todo, en Estados Unidos. Casualidades de la vida, encontré bastantes buenas referencias en el Armani Research Lab (ARL). El ARL se ubica en la Viterbi School of Engineering de la University of Southern California (USC), a poco menos de 2-3 millas al sur del barrio antiguo (DownTown) de la ciudad de Los Ángeles.


Tommy Trojan es la escultura de recepción en el campus de la USC y además es la imagen del equipo de fútbol americano de la propia universidad, los "Trojans".
Se trata de un grupo de unas 30 personas dirigido por la profesora Andrea Martin Armani y cuya línea de investigación principal se centra en el desarrollo de una tecnología basada en microanillos resonadores toroidales (toroidal microring resonators) para fines varios. Aprovecho estas líneas para agradecerle su disposición y el haberme acogido en su grupo de investigación como uno más. 

Un ejemplo de cómo son estas estructuras fotónicas os lo pongo en la figura bajo este párrafo, donde además os paso un video muy chulo de lo que pasa cuando se le acopla luz a un toroide como lo hacíamos allá. En mi caso, no usábamos luz visible ni una combinación de materiales para generarla, así que no veíamos nada a simple vista. Pero es para que os hagáis una idea de lo que se consigue hacer trabajando con tamaños de unas pocas micras (millonésima parte del metro).


     El funcionamiento de este dispositivo es relativamente sencillo de entender. Al lado del toroide, y de manera idealmente tangencial, colocamos una fibra óptica de diámetro inferior al del grosor del toroide. Lanzamos luz láser por un lado de la fibra óptica y la detectamos en el otro lado. En estas circunstancias, se produce un trasvase de luz de la fibra al toroide en unas determinadas longitudes de onda. Estas quedan confinadas en el toroide, circulando dentro de él, pero no pueden salir al exterior, por lo que cuando la luz es detectada en el otro extremo de la fibra, lo que obtenemos es una caída repentina en la potencia transmitida. Analizando el número de longitudes de onda que se ven afectadas por este fenómeno, vemos que el rango espectral que ocupan es muy pequeño. Concretamente, unos pocos picómetros. En notación científica, esto es 10-12 y, por tanto, estamos tratando con fenómenos que son la BILLONÉSIMA parte de un metro. Un millón de millones de veces más pequeño que el metro!! El equivalente a los “Teras” (terabytes) de memoria que comienzan a surgir en estos últimos años, pero en pequeño. Algo verdaderamente enano con rabia, pero todavía con posibilidades de reducción, por lo que parece.

Mi misión en Los Ángeles consistía en aplicar técnicas que usamos en nuestro laboratorio UPNA Sensors a los toroides, a fin de ver qué es lo que pasaba con sus propiedades. El éxito o no de la misión lo dejo para posteriores entradas, que no quiero saturaros con más ciencia en esta ocasión.

Insisto. Más allá de lo puramente profesional, la mejor experiencia fue la personal. A continuación os comento algunas cosas:

Lo primero, los viajes en avión hasta allá. Por favor, cada vez que viajéis durante 10-11 horas hasta vuestro destino, no escatiméis en gastar lo que haga falta para ir lo más directos posibles. Existen vuelos para ir, por ejemplo, de Madrid a Los Ángeles y viceversa directamente. Buscad el menor número de escalas posibles y, a ser posible, que los trámites de inmigración los hagáis una vez llegados al destino.


Lo segundo, y quizás lo más importante para los que optamos por algo más costero: el tiempo. Una delicia. Constancia durante el año con máximas de entre 25-35ºC al mediodía y mínimas de entre 12-18º por la noche, dependiendo de las estaciones. Apenas llueve, lo que es bueno o malo según se mire (hay sequías que provocan restricciones en el agua de vez en cuando en verano y días en los que se restringe la circulación para evitar contaminación masiva del aire). Y quizás por estar más cerca del desierto de Mojave, el clima y la tierra son más áridos que el norte de California, donde parece que predomina lo verde. Pero para los que nos gustan las temperaturas cálidas, es un gustazo estar por ahí.

He de reconocer que no había tocado un coche automático en mi vida. Sin embargo, conseguí controlarlos sin frenar bruscamente y provocar el choque en cadena correspondiente. Son más fáciles de conducir porque no hay que estar atento al cambio de marchas, pero para los que estamos acostumbrados a hacerlo es como que nos falta algo. Y además la respuesta no es instantánea, como ocurre con los manuales. No me compraría uno de ellos, la verdad. Aunque para gustos, los colores. Eso sí, si vais a LA, por favor, coche OBLIGATORIAMENTE.


Como no, la comida. La ausencia de una dieta propia, como en todo Estados Unidos, hace que pruebes todo tipo de comidas del mundo: chinos, mejicanos, españoles (sí, también había paisanos por ahí), italianos, coreanos, japoneses, hindúes, persas, bbqs (barbacoas)… Prácticamente las probé todas y he de reconocer que ninguna sabía mal. Y por supuesto, las cadenas americanas por excelencia de hamburgueserías. Todo muy rico y muy sabroso… Hasta que te das cuenta que determinadas comidas afectan a tu salud porque no estás acostumbrado a las especias y, especialmente, a las picantes. Sin dejar de probar de todo, me cuidé bastante de comer picante. Así que ya sabéis: a menos que vuestro estómago esté preparado a prueba de bombas, ni se os ocurra abusar de ciertas comidas.


Pizzas, costillares, burritos (el burrito es Western USA, por cierto, no mejicano), tacos, cordero con arroz basmati, las mezclas agridulces chinas… Auténticos manjares y muy sabrosas, pero ojito con esa fuerza de los sabores, porque pueden esconder algo apto sólo para aparatos digestivos a prueba de bombas.

Una cosa que encontré bastante llamativa era que los restaurantes hacían habitualmente redadas de comida gratis (free food). Se atraía a la gente a comer gratuitamente, así “by the face”. Y por $0 podías salir con un batido de melocotón buenísimo (eso sí, con bien de azúcar), pizzas medianas de masa fina, perritos calientes, hamburguesas… Nada sano, por supuesto. Algo bastante, bastante curioso. Que propongan esto en Europa a ver qué les parece a las cadenas de comida y a los restaurantes…

En cuanto a la vivienda, al menos por la zona en la que yo vivía, alquilar era como Pamplona actualmente, en el caso más barato. Pero en general bastante más alto. Era habitual encontrarse habitaciones cuyo alquiler rondaba los $800-$900 (unos 650€ en media). Los pisos ya no os digo nada. Además de que la gente no vivía en columnas, sino en casas de, a lo sumo, 2 pisos, de estilo victoriano y con jardín, trastero exterior, coche, perro, piscina si es posible y todas las comodidades deseables. Parece obvio que, para albergar a 20 millones de habitantes, esto sólo pueda conseguirse expandiéndose a lo largo y ancho del terreno. No así en la costa, donde parece que lo lógico es buscar la vista al mar… Ahí sí que se veían 3 o 4 pisos y apartamentos mirando a la playa. Caminando por las calles, era habitual oir que la gente vivía en el 21.100 de la calle “x”. Y si querías visitar la ciudad para ver algo más que tu barriada, el coche era necesario para viajar sí o sí.


Como compensación, lo diario debería de estar más barato. Pues a ratos. La cesta de la compra estaba bien, siempre y cuando supieras comprar a lo grande. Costaba más barato 1 galón (unos 4l) de leche o de agua (no hay bricks) que aquí un brick o una botella. Además, sacándote las correspondientes tarjetas podías ahorrar bastante dinero al mes en los supermercados. En cuanto a la ropa, tampoco es que me fijara mucho, pero podía ser asequible siempre y cuando no te fueras a las marcas: polos a $20, camisetas entre $10 y $25, pantalones hasta $40… El wi-fi era público prácticamente en cualquier lugar habilitado. El transporte, aunque del año de la polka, era asumible según el servicio y la distancia. Pero claro, estamos hablando de grandes distancias. Un corte de pelo costaba entre $5-$10 (menos de 10€) para hombre y unos 20€ para mujer (en zona universitaria, claro).

En Los Ángeles puedes encontrarte todo lo bueno y todo lo malo conviviendo en menos de 50 m de distancia. Muchas veces veías edificios superlujosos en cuyos bajos se tumbaba toda la mendicidad de la ciudad. Era normal encontrarse a sin papeles o a mendigos entre el ayuntamiento y el departamento de policía (LAPD), pero también tumbados en todos los parques públicos o tirados en cualquier esquina cubiertos de mantas y ropas haraposas. Quizás la parte más penosa de la ciudad, porque a ver cómo se controla todo eso… No obstante, sabiendo ir a los sitios clave, se puede disfrutar de muy buenas vistas y paisajes.

Y en cuanto al ritmo de trabajo, sorprendía el aparente no-cansancio de la gente a la hora de encarar las cosas. No sé si sería porque estaba en una universidad privada o bien porque en ella se concentraba todo trabajador nato que no descansara ni para tomar el café. El caso es que el tema de las vacaciones estaba mirado con cuentagotas y muchas veces te daba la sensación de que si dejabas de trabajar estabas haciendo mal. Los días de fiesta eran contados, la gente era capaz de concentrarse durante horas en sus puestos de trabajo y, en general, el ambiente de trabajo era más bien silencioso y de concentración máxima, salvo los pequeños descansos que nos tomábamos de vez en cuando, como las “Happy hours” (algo similar al juevintxo, por estos lares).

Pero bueno, independientemente de lo que costara estar o no por ahí e independientemente de si la cultura de trabajo era más o menos intensa, muchas veces me podía escapar por ahí a ver la ciudad. A continuación os muestro algunas de las fotos que tomé durante mi estancia, en los sitios más emblemáticos que pude visitar.


Fila de arriba desde la izquierda: Muelle de Santa Mónica; Plaza de "El Pueblo", asentamiento mejicano al norte del DownTown; Las Vegas Strip, la calle más emblemática de la ciudad de Nevada. Fila de abajo desde la izquierda: Palos Verdes, un terreno convertido en auténtico resort vacacional; Vista del Gran Cañón desde la vertiente sur, la más espectacular; Hollywood Lake Park, con el famoso cartel de fondo. Tópicos de esta zona de América.

Nada más. Ha sido un poco largo, pero puesto que quería resumir todo en una sola entrada, poniendo un poco de trabajo y, sobre todo, vivencias y sitios más característicos de Los Ángeles, así ha tocado. Espero que os haya gustado esta mini-aportación y que vayáis en cuanto podáis por la zona o por todo California, que por la parte norte (desde Fresno a San Francisco) debe de ser bastante más verde y húmeda, dentro de lo caluroso. Yo intentaré ir, ¡¡por supuesto!!

Empieza una nueva temporada con el curso 2014-2015. En la medida de lo posible, trataré de seguir con el ritmo que llevo hasta ahora. Lo prometo. Un saludo y nos seguimos leyendo científicamente!! ;)