domingo, 2 de febrero de 2014

“¡Ah! ¿Pero eso se puede hacer?”





Sí, señoras y señores… Esta frase la he podido escuchar en más de una ocasión, cuando he tenido la oportunidad de hablar con personal clínico. Y además, en la mayoría de los casos, la expresión ha continuado con una cara de sorpresa y, afortunadamente, un verdadero interés por toda la conversación posterior.

Más adelante se podrá llegar a un acuerdo, o no, para conseguir proyectos de investigación, patentar, emprender, etc, etc. Pero ya sólo por ver las muestras de interés que dan algunos clínicos y crear un clima en el que surjan ideas y se hable de los problemas que plantean los nuevos retos biomédicos, merece la pena. 



Y es que, por hacer un símil comúnmente conocido, así como generalmente es el hombre el que corteja a la mujer, somos los ingenieros los que tenemos que convencer/hacer ver/informar a los médicos de que existen tecnologías que pueden ayudar a mejorar su trabajo en los términos que sea.

Es curioso ver hasta qué punto medicina e ingeniería están tan unidas como quiere hacerse ver y tan lejanas como es la realidad. Y a pesar de esto, tal y como comento en mi entrada “¿Lo estamos haciendo bien en sanidad?”, seguimos en el pódium mundial con nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS).

Las tecnologías que pueden aplicarse al ámbito sanitario existen, pero están esperando ser aplicadas en cuanto se las deje vía libre. Ejemplo: En 1984, cuando se hablaba de descifrar por completo el genoma humano, todo el mundo decía que al que se le había pasado por la cabeza la idea de hacerlo estaba para ingresar en un manicomio. Para entonces ya se comenzaba a idear lo que más tarde se denominaría “secuenciador de ADN”.


     Por entonces, mientras los de mi generación nacíamos, alguien dijo: “¡Ah!, ¿Pero eso se puede hacer?”

Hoy en día es imposible pensar que la detección de una enfermedad genética/hereditaria o el estudio futuro del proteoma humano se pueda llevar a cabo sin la ayuda de un espectrómetro de masas (existente desde comienzos del siglo XX) y un secuenciador de ADN. Y ojo, es posible que dentro de unos años ambos aparatos sean prescindibles. No lo sabemos aún. Pero a día de hoy es vital para los estudios genéticos.



Bueno, pues de igual manera ocurre cuando vas a los traumatólogos y les comentas que hay determinados materiales nuevos que ayudan a que las prótesis aguanten más tiempo sin dañar al cuerpo. Y lo mismo se oye cuando les hablas a los radiólogos de aumentar la resolución de las imágenes de los escáneres / resonancias / tomografías en base a un detector con mayor superficie sensible.

La tecnología existe y está para usarla. Los clínicos pueden estar al tanto de lo que hay que pueda ahorrarles el trabajo, pero somos los ingenieros los encargados de tantearlos de vez en cuando y de ofrecerles novedades que, siempre dentro del presupuesto establecido, puedan interesarles.

Si, vale, tal y como está la sanidad pública de este país, no es posible siquiera hablar de gastar dinero para ahorrarlo en el futuro. Y eso que ya son cosas que existen a día de hoy y que no habría más que ponerlas en marcha. En la medida de lo posible, en vez de derrochar a espuertas lo que tenemos, propongo supervisar mejor los presupuestos de sanidad, de manera que lo que hay se use para hacer el sistema más eficiente. Así pasaríamos del “Ah, ¿pero eso se puede hacer?” al “Por fin podemos centrarnos en cosas realmente importantes”. Por cierto, eso a los clínicos les encanta. Normal… Ellos están para curar, no para hacer de ingenieros. ¡¡Que tiene que haber trabajo para todos!!