martes, 29 de abril de 2014

Experimentación y divulgación. Las claves para enseñar ciencia

Recientemente, nuestro ministerio de educación, cultura y deporte ha tenido a bien sacar unas convocatorias sobre ayudas para inmersión científica para chavales de ESO y Bachiller. No es la primera vez, según tengo entendido, que se sacan estas convocatorias o similares, lo cual es algo totalmente aplaudible. No como otras acciones, las cuales considero “collejeables”, como el “Boloniazo”.

Pensar en ello me ha transportado por varios minutos a 15 años atrás, cuando aún era pura hormona, un trasto en casa, mandaba a todo el mundo a la porra y me estaban saliendo las muelas del juicio (creo que ahora las tengo todas).

Por aquel entonces en el “cole” se nos planteaba la disyuntiva entre elegir el camino de las ciencias o el camino de las humanidades. Los profesores se ponían serios y no era para menos. De esa decisión dependería nuestro futuro más inmediato y, de seguir bien, el resto de nuestra carrera laboral. Estaba claro que se avecinaba un gran cambio a partir de ese curso, ya que los compañeros no volverían a ser los mismos y la cosa se volvería más exigente y específica. Además, en aquel momento y con esa edad, no tener nada claro era una constante. Los tests que nos hacían me decían que valía para militar o abogado (vaya usted a saber por qué). Odiaba leer, “lengua”, “histo” y gimnasia (sobre todo si se daba a primera hora de la mañana), pero por otro lado eran las asignaturas en las que mejores notas sacaba. Y por el lado matemático, llevaba un par de años que no odiaba tanto las “mates” y “natu” parecía interesante, pero costaba llegar al sobresaliente, aunque a final de curso parecía que la cosa acababa bien. Además, los antecedentes familiares tampoco ayudaban nada, ya que tenía ciencias y letras a pares.

Finalmente me decidí por la rama de ciencias. Y recuerdo una anécdota que puede que, en parte, influyera bastante en esta decisión.

Las clases de la asignatura de “tecno” (tecnología, no el estilo de bakalao) eran bastante dinámicas y divertidas. Tenías que preparar informes sobre unos experimentos que hacías en un cuarto medianamente apañado para que cupiéramos los 30 terremotos que estábamos en la clase en aquel momento. Había uno en el que cogías una chapa ocumen y pegabas en ella una pila. Te daban unas miniaturas con rayas de colores que tenían forma de hormiga con hilos de cobre a ambos lados. Sabías que el material del que estaban hechas era “cobre”, pero ni idea de sus propiedades conductoras ni nada por el estilo. Enrollabas la primera a uno de los terminales de la pila y luego ponías más hormigas unidas por los cables o te daban un bicho de 3 patas negro, parecido a una pulga, con el que, con ayuda de un destornillador, podías apretar más o menos. Luego conectabas una carcasa con una  bombilla de 60W que unías con un cacharro para encender o apagar similar a los que usabas para trastear con la luz en casa. Tras ello, completabas el círculo con un último cable a la pila. Algo similar a lo que muestra este blog.

La cosa se volvía un poco liosa más adelante. Tenías que pulsar el encendedor para ver cómo se apagaba o encendía la luz, quitar una o varias hormigas o atornillar y desatornillar la pulga, ver cuánto sumaban en total sus valores a mano o con ayuda de un cacharro llamado voltímetro e incluso dibujarte un par de líneas vertical y horizontal con sus correspondientes unidades, en las que dibujabas los puntitos en función del valor que te iban dando en el voltímetro a la hora de quitar o poner los insectos. Incluso si te tocaba manejar la pulga, veías cómo la luz se iba apagando o encendiendo gradualmente en la bombilla cuando atornillabas o desatornillabas. ¡¡Estaba guay!!

Al final de la práctica salías con una anécdota interesantísima para contar en casa. ¡Habías generado luz con tus propias manos! Y además se te había grabado en la cabeza que las hormigas eran resistencias (y que sus unidades eran los Ohmios, en honor a su creador, Ohm) y las pulgas, potenciómetros. Que el cobre era conductor de la electricidad y que el interruptor servía para dejar pasar la electricidad o no a través de él, de manera que podías hacer que el material interior de la bombilla se calentara hasta desprender luz. O sea, que era incandescente. Y todo para aprenderte un nombre muy sencillo: VIR. Vir podía ser la compañera que tenías a tu lado, 3 letras de un signo del zodíaco o 3 letras de otra palabra con significados un poco más se#suales, muy adecuados para la edad. El caso es que era el nombre de una ley: la Ley de Ohm: V = I x R y que, de seguir por la rama científica, se te quedaría grabada para toda la vida. Con sus variantes temporales, diferenciales y especificidades derivadas del análisis científico/ingeniero, pero así es.


Exactamente lo mismo pasó años más tarde, en Bachiller, cuando jugabas con sustancias químicas y veías cómo el magnesio brillaba desintegrando gominolas, cómo el ácido sulfúrico carbonizaba el azúcar (o la ropa, si te caía algo encima) y hacía un volcán con él, o cómo el alcohol, el aceite y el agua, previamente teñidos de colores y puestos en el mismo vaso, eran capaces de mantenerse en diferentes alturas sin mezclarse. La física era un poco más aburrida, porque no había máquinas guapas para mostrarte la ingravidez o ver la formación de un arcoíris o ver energía desprenderse simplemente por caer… Pero oías que gracias a las ondas podías ver televisión, llamar a la gente o chatear y, al menos yo, me quedaba embobado. Por lo menos durante la carrera puedo decir que tuve la oportunidad de comprender bastantes de estas cosas. Muchas seguían sin ser visibles al ojo humano, pero tenías la capacidad de abstracción suficiente como para imaginarte ondas viajando y haciendo todo lo que tú les decías simplemente diseñando y manejando circuitos para ello.



https://www.youtube.com/watch?v=_1DWSj4zxlc&feature=youtu.be&t=27m48s 
A lo que voy con todo esto, es que entrar en un laboratorio en donde te enseñan fenómenos de ciencias, poderlos generar tú y aprender de ello, a la vez que lo vas creando con tus manos, es una experiencia única para los que optamos por estudiar la rama de ciencias. Creo sinceramente que la mejor manera de aprender ciencias es experimentando con ellas y viendo in situ lo que pasa. Los grandes descubrimientos científicos que nos han llevado hasta hoy se han realizado en laboratorios, donde tip@s con bata blanca y pelo desaliñado de tanto estirárselo, trataron y tratan de comprender por qué ocurren las cosas. Transmitir ese espíritu a los chavales/estudiantes y hacerlos partícipes de esa manera de experimentar es lo mínimo que podemos hacer, si queremos producir verdaderos científicos, ingenieros, médicos o demás profesiones basadas en ciencias. Porque estoy seguro de que aquello a lo que se dediquen lo harán porque realmente les gusta.

Y por supuesto, el mejor complemento para una experiencia de laboratorio es la divulgación. Para mí, que estoy interesado en la rama biomédica, no hubo mejor serie de dibujos que “La vida es así”. Sí, vale, era más pequeñajo aún, pero ya comenzaba a gustarme esto de la medicina. Esos gorditos glóbulos rojos llevando burbujas de oxígeno por la sangre. Esos “cara-rayos” llevando mensajes a toda pastilla a los músculos o al cerebro para procesar toda la información. Esos feos virus intentando multiplicarse por todos lados y cómo los patrulleros se encargaban de vigilar que todo estuviera en orden… Realmente recuerdo disfrutar con esos episodios y maravillarme pensando que eso podía ocurrir dentro de nosotros. Años más tarde eso hizo que me aficionara a coleccionar artículos relacionados con la medicina en revistas como “El Semanal” y esas ganas de explorar el cuerpo humano y de ayudar a ello han seguido en mí hasta el día de hoy. Y creo que así seguirá siendo el resto de mi vida, porque lo encuentro apasionante.


Por ello, hacer de la actividad divulgadora un recurso más para que los chavales aprendan y aprecien la ciencia, es otra de las labores que creo que habría que fomentar en nuestra cultura. Estando aquí en Estados Unidos, estoy viendo cómo cualquier evento científico que se celebra en la universidad en la que estoy o en la ciudad se masifica. Los expertos salen a la calle o llenan salas de congresos con chavales de todas las edades y familias interesadas. Transmiten de una manera totalmente natural, pero a la vez también llamativa, cómo se consiguen fenómenos básicos para comprender la evolución tecnológica de la sociedad actual. Y eso vale mucho, porque aunque la gente no esté interesada inicialmente, consiguen parar a muchas personas simplemente por ver qué demonios se han currado esta vez. Eso sí, se publicita por todos lados lo que va a pasar en tal o cual sitio. Es decir, se fomenta la divulgación y la investigación. Se considera un servicio a la comunidad, a los ciudadanos. Se financia, se invierte en ello y se saca rédito para reinvertir en ello y el beneficio social de tener a una población entretenida, informada, y consciente de que se la trata de inculcar la importancia de la investigación. Por ello, nadie duda en invertir su tiempo y su dinero en pagar para que le enseñen cómo se hacen las cosas. Y en esta pescadilla que se muerde la cola se vive por aquí.

 Bueno, corolario. Experimentación y divulgación: las dos nuevas maneras de enseñar ciencia a nuestros futuros estudiantes. Nada de tochos teóricos que sólo sirven para llegar a casa y memorizar y sermonear como curas (con todos mis respetos, por supuesto, ya que aprendí de ellos). Está claro que los conceptos hay que darlos, pero las ciencias llevan intrínseca la palabra “experimentación”. No se puede hacer o aprender ciencia sin meterse en un cubículo con 4 máquinas para cacharrear con ellas y sacar conclusiones por uno mismo. Los médicos, en esto son muy estrictos. Puedes aprenderte la biblia de los músculos del cuerpo... Si no eres capaz de identificarlos in situ, de tocarlos, no te sirve de nada. ¿Por qué si no, hacen disecciones? ¡Tienen que verlo para aprenderlo! (aparte de que les va a tocar verlo así en su día a día).

De la misma manera que sólo con lo llamativo o lo espectacular o lo nuevo es como se asimilan mejor los conocimientos. Bienvenidas sean todas las propuestas que surjan para hacer que nuestros chavales (y la población, en general) aprendan ciencia a través de espectáculos, videos en red, chistes, monólogos, teatro, píldoras de ciencia, excursiones, maquetas,…

Ánimo y a por todas, profesores/divulgadores y responsables de que esto pueda ser así, porque tenemos que infundir ese espíritu por el gusto por la ciencia.

P.D. A ver si algún periódico o publicación científica lee esto y lo publica en primera plana… Ya va siendo hora de que todo el mundo se implique en esto de fomentar la divulgación científica… ;)